No hagas nada
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¿Y si no hacer nada fuera, en realidad, una forma de resistencia? Vivimos una época en la que el neoliberalismo ya no es solo una doctrina económica, sino una forma de organizar la vida entera. Trabajamos, deseamos, competimos y nos pensamos bajo una misma lógica: la del rendimiento, la eficiencia, el éxito y la ilusión de una mejora constante.
La paradoja es que este disciplinamiento ya no necesita imponerse desde afuera. Opera sobre nuestros deseos: nos obliga a querer aquello que el sistema necesita y, al mismo tiempo, nos hace creer que somos libres. Así, la economización alcanza la política, la cultura, los vínculos y la idea de felicidad. Lo político se debilita cuando dejamos de reconocernos como parte de una comunidad y el otro aparece como competidor, obstáculo o amenaza.
El poder neoliberal continúa actuando incluso cuando creemos enfrentarlo: nos mantiene en movimiento y, al mismo tiempo, nos inmoviliza. ¿Qué significa entonces resistir cuando incluso la crítica puede ser absorbida por el sistema?
No hagas nada ensaya una respuesta incómoda: una deserción, en el sentido que le da el pensador Franco «Bifo» Berardi. Recuperar la ociosidad, la pausa, la contemplación y un hacer que vuelva a tener sentido. No como apatía ni renuncia, sino como una política de la inacción capaz de interrumpir la maquinaria que nos exige producir, mostrarnos y rendir sin descanso.